Capítulo III
Capítulo 3
Atalaya... fiel de aquel hombre
Por Gus Ange.
Por la misma Avenida Sukhareskaya, se llega a la estación de Metro homónima y a pocos pasos de la boca de acceso, al costado del vértigo cotidiano de los transeúntes locales, la olvidada presencia del memorial de la Gran Ausente que supo dominar con soberbia la centralidad de aquellos arrabales, me refiero a la Torre Sukharesv.
Construida allá por fines de siglo XVII por orden del Zar Pedro, el.Grande y así bautizada en gratitud a aquel valeroso guerrero que con su regimiento de mercenarios lo salvaron de las intenciones fraticidas de su nada entrañable hermanastra Sofía.
Atalaya que se eregia con sus siete pisos, el primer piso lo ocupaba la guardia a cargo del regimiento de Streltsí, en plantas superiores funcionaba academia de ciencias y matemáticas, escuela de estudios navales, a los cuales el zar Pedro era muy afecto. En la base de sus arcos de estilo barroco que seguía haciendo las veces de Puerta de entrada por la avenida Sertenka y su continuación Prospect Mira. En lo más alto, el escudo, el reloj y el águila de hierro, con la cual un halcón se enredara, dando lugar a reinterpretar este hecho, años más tarde, como vaticinio del triunfo sobre Napoleón, pero claro está con el diario del lunes.
El cientifico Jakov Brius, otrora alcalde de Moscú, estaba a cargo de la dirección de la Torre. Brius era ducho en los asuntos de la magia y la alquimia, la piedra filosofal, conversión de metales en oro, contaba con una milenaria biblioteca, milenaria en tiempo y cantidad. Entre ellos, se dice que se ocultaba El libro Negro que también supo estar en manos del Rey Salomón y que contenía la receta del elixir de la eterna juventud.
Cuando creía estar solo en andén del subte, sentí como un quejido de bandoneón, y una voz arrabalera:
"isa hermano argentino, no te piantes, quedate y te bato la justa, Jakov Brius para servirle"
Y allí me contó su drama, la traición de su entorno.
Jakov Brius le había indicado a su discípulo los pasos a seguir para cuando falleciera, como debía rociar el "agua de la vida" sobre su cuerpo muerto a los efectos de su resucitación. Pero el alumno, loco de amor por la esposa, derramó todo el líquido en el piso y escaparon juntos. No lo mató pero lo dejó muerto, que no es lo mismo pero es igual.
"Ahora junás la posta de mi alma herida, la percanta me amuro en lo mejor de mi muerte, como la Lujanera se rajó con su Francisco Real, el Corralero, pero el taita de mi aprendiz con más fortuna, pues afuera de la Torre no encontró al narrador y su cuchillo".
Sin más se despidió "me retiro en perfecto orden, que haiga suerte en el balón pie... y se esfumó repitiendo forzada pero divertidamente "che boludo, che boludo" como festejando haberlo aprendido. La única vez que se lo vió con una sonrisa gardeliana.
Conmocionado todo el día por aquel relato tan porteño del 1900, en aquel andén palaciego de la estación Sukharevskaya, lo sentí como una confidencia propia, exclusiva, una complicidad de gomía, con código así de cayetano pero...al ocaso del sol ( aunque en el Metro siempre lo es) al volver dicha estación la misma desdicha, la misma voz fantasmagórica que le decía su pena a un hincha mexicano
"Manito manito me han chingado. Mi Adelita se fue con otro"
Y así en mandarín, en euskera, egipcio, etc.
"Ma' non posso parlare lengua di Dante, me piace tantissimo!!" Porca miseria!! se fastidiaba porque Italia no había clasificado y no podía recitar los cantos a su Beatrice, y dedicar a sus traidores, su infierno.
Ya sin brío en su espíritu, Jacob Brius, en busca de un consuelo que sus coterráneos le negaban, contaba sus memorias en aquel subsuelo de Babel.
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