Capitulo IX
Capitulo 9
Hacia falta tanta agua...
Para despejarme, con ilusión renovada en el nuevo día y despojarme de algún resto de angustia de la jornada pasada, o dicho menos literariamente para sacarme la mufa, me urgía estar cerca del agua, sea mar, lago, cascadas, manantial hasta una fuente...todo espejo todo hilo de ese elemento líquido indispensable, tan vital al contemplarlo como el predominante porcentaje que contiene mi cuerpo (humano?). El agua de la vida ! Tenía razón Jacob Brius, el intendente brujo de la Torre Sukharesvsky. El agua ejerce sobre mi espíritu la misma influencia que la luna sobre el mar, no sé si carácter transitivo o inversamente proporcional (siempre hice agua en matemáticas...me distraía con batalla naval y terminaba hundido).
Movilizado por esa búsqueda reparadora encaré decididamente al Rio Moscova para hacer el paseo náutico que no pude hacer dos días antes por culpa de la esfera negra del reloj de la torre del Kremlin cuyo inquieto minutero dorado avanzó con afanoso tic-tac mientras me distraía viendo a Uruguay en un bar del GUM, las horas que regocijan se atrevieron a pasar.
Pero bueno, esa mañana sí, allí estaba cuando más lo necesitaba en el catamarán para recorrer ida y vuelta las aguas del Moscova, para ver la ciudad desde otro ángulo, y encontrarse con la estatua de Cristóbal perdón de Pedro El grande con pilcha de Colón en una carabela donde flamea bandera de... Jamaica?
Aunque su escultor Tsereteli lo niegue me gusta ese rumor que fue construido pensando en Colón para 500 años de Descubrimiento de América y al no contar con el agrado de quienes encargaron, se reutilizó a pedido del amigo del escultor que casualmente era alcalde de Moscú. Le cortaron la cabeza para poner la de Pedro, el Grande, que era por cierto grande, literal, casi como su monumento, medía dos metros...el zar.
Estatua tan mal querida por sus ciudadanos (por su fealdad pero en mayor medida porque el zar prefería San Petersburgo, incluso allí fijó la capital) como el Monumento Vittoriano para los romanos.
Una escena en catamarán de dicho paseo fluvial logró sacarme una sonrisa... un turista italiano, propiamente un disoluto Albertone seduciendo, o al menos intentando seducir, simpáticamente a una blonda moscovita, senza una parola en ruso, tutto gestuale, toda una escena más bien de I Vitelloni de Fellini que la sórdida Solaris, aquel planeta océano de Tarkovsky.
Al descender al muelle se me notaba visiblemente reanimado, reconfortado.
Hizo falta tanta agua para apagar el espanto del juego de la noche anterior.
Continuará...
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